Estanterías o nichos

Dicen que hay una ley mercantil que supone que un libro que no se vende en los tres meses siguientes a su concepción pública se convierte en un cadáver literario, en un lomo hundido, clasificado en la fosa común de los anaqueles de las librerías.

Esta misma ley que nos susurran los distribuidores y las grandes cadenas, esta ley que alimentamos los editores, con novedades continuas y fulminantes es quebrantada a diario por algunos valientes e irreductibles lectores, esos que buscan y se buscan. Los que exploran. Hablaré de todos aquellos que me tocaron ayer, esta semana, este mes, en aquel cajón de una librería de saldo madrileña, o en la estantería más baja de la pared más inaccesible de la librería. Junto a  antiguos códices cristianos, junto a otros clásicos purpúreos y novelitas lumpen, lejos de los escaparates y las mesas de novedades. En mi haber tengo más de 57 años. Estoy gastado y herido. Ya no luzco luminoso, ni brilla mi laminado made in ‘seixbarral’, pero mis tres historias han vuelto a calar en otro. Luis estaría orgulloso, aunque Luis no pensara en sus lectores y me escribiera, como asegura, «por aburrimiento en el aburrimiento». Hablaré de todos ellos, que es uno solo al fin y al cabo. Hablaré de ese lector al que espero constantemente. Hablaré de ti, que entras sigiloso y recorres sin tiempo cada título, cada autor, sin saber a ciencia cierta, qué salmo qué verso qué párrafo qué diseño qué referencia cruzada producirá el flechazo.

«Todos podéis ser vistos. Nuestras vidas se repiten cada vez que alguien nos lee. Nunca moriremos. Sobrevivimos a los creadores.»Los muertos, de Jorge Carrión. Galaxia Gutemberg Ed.

El viento en la colina. Soy el viento en la colina esperando a mi Apolonio. En la colina donde se cruzan los vientos, las voces. Todas. Soy el viento viejo, la calma chicha que te regala tiempo detenido, un frasco de esencias, porque lo esencial suele estar quieto. Como el sueño acompañado entre sábanas o la mirada, cuando se fija y nos vemos. También son esenciales las señales de tráfico y la ropa interior a los pies de la cama. El agua en el vaso y la comida en el plato. Pocas cosas más son esenciales. Luis. Apolonio. Viento, y la colina. El indolente, Aire, Guitarra, Olvido… Personajes o personas, quizá mis muertos.

Desde que abrió la librería esperamos cada día a ese tipo de lector, irreductible. Imprevisible. Fray Bartolomé de las Casas. Paul Celan. Antonio Muñoz Molina. Carlos Salem. A veces no puedo imaginar el huracán que es capaz de provocar alguna de estas mezclas… Pero ocurre a veces, y cada vez más, y ese era el objetivo. Sabíamos que estabais ahí y por eso resistimos, a pesar de todo. Teníais que estar porque sois esenciales.

«El lector es el poema» Ferran Destemple

librería especies de espaciosEl absurdo maremagnum de la industria suele crear necesidades que en realidad no son esenciales, ni constantes. La pulsión es constante. La vida, la necesidad de comunicación con uno mismo (eso es la lectura), no el ocio sino el deseo irrefrenable de encontrar mensajes con los que no nos sintamos absolutamente abandonados y miserablemente extraños en el mundo.

«Entramos y salimos de historias y nuestras mentes llenan los huecos. Creemos tener recuerdos, pero sólo tenemos breves apariciones en las historias de otros personajes.» Los muertos, de Jorge Carrión. Galaxia Gutemberg Ed.

La lectura no es ocio (o no sólo) aunque devenga en placer. El discurso del ocio ha devaluado la vida a los límites del absurdo reality show, a la megalomanía de la pelota de fútbol; ha venido en definitiva a crear la fragilidad de la persona que siente necesidad de configurarse en una sociedad banal y superficial, cosificada. Un personaje social y modal, aparente, anunciador acuciado a llenar los bares porque no soporta reconocerse como individuo (ni los espejos dan ya la imagen exacta de las cosas), como persona que desaparecerá sin pena ni gloria de la faz de la tierra.

Estanterías o nichos.

Personas o personajes.

Lectores o vacío.

 

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