Luis Perozo Cervantes, la presencia que nunca vi

En estos meses he visto la obra completa y dispersa de mi amigo Luis Perozo, completamente digitalizada y puesta a disposición del mundo gracias a Amazon. Esto, que a muchos autores occidentales le produciría dentera tiene un significado vital para un venezolano. Más actualmente, que viven en medio de una gran escasez y dificultades político-sociales extremas.

Juan Luis Gavala
En el salón Simón Bolivar

Una voz en el mundo. La voz de Luis, la que apenas escuché en unos intensos momentos de absoluto abandono en mi estancia fugaz en Caracas. Pero suficientemente alta como para dormir bajo techo la primera noche. Aquel viaje, del que tanto esperaba disfrutar. Ese viaje truncado al Festival Internacional de Maracaibo donde me disponía a presentar la editorial, y que acabó prematuramente con este editor enfermo, desahuciado por mi consulado y mi embajada, indocumentado, sin recursos económicos y solo a miles de kilómetros de mi casa y mi familia.

Una voz, digo,  que me dio cobijo y la oportunidad de volver a España con sus gestiones. Tres veces logré hablar con él por teléfono hasta que me lo cortaron. Suficientes para permitirme volver a mi mundo tras un “vayven” de anécdotas y percances que, por cierto, recientemente han aparecido ficcionados de alguna manera en el libro del también venezolano Miguel Ruíz Poo, Maracaibo tal vez.  Yo escucho esa voz en sus poemas. Y os invito a acercaros a ella.

Dos años antes, ya tendíamos puentes. Uno de ellos fue en forma de “epólogo” dentro de su libro Poemas para un nuevo orden mundial. El libro siempre será actual, me temo. Puente que tiendo de nuevo, aunque sea con las palabras de siempre.

EPÓLOGO

P “Aprendamos
R que las hojas
O no caen por suicidio
L […]
O en la paciencia
G la hoja piensa sembrarse
O en un escote”

poemas para el nuevo orden mundialAlguien limpia su fusil en la cocina, ¿con qué valor hablar del más allá? Repito: Un hombre pasa con un pan al hombro ¿Voy a escribir, después, sobre mi doble? Alguien frota bien sus manos, se cepilla bien los restos bajo las uñas, e insiste, entre los pliegues de los dedos, mientras el jabón oculta cómo la realidad se va por el sumidero. Repito. Un albañil cae de un techo, muere y ya no almuerza. ¿Alguien querrá innovar, luego, el tropo, la metáfora? Repito. Después del bocadillo, enterraremos al hombre aquel del pan, seguiremos leyendo las páginas de sucesos, le hablaremos de Sócrates al médico, leeremos a André Breton, seguiremos mirando los anuncios de la TV, hasta la hora de cenar.

E “He querido ser una hoja
P verde
I desde que supe
L que una hoja no es nada
O que una hoja
G no le duele al árbol
O que al árbol nada le duele”

Desde luego que Luis sabía como implicarme en su libro. Bastó con escribir “epólogo” en su e-mail. Ni prólogo ni epílogo. Ni principio ni final. Ni justificación, ni resumen. La conjunción siempre es un puente, y este libro es un puente en muchos sentidos. Aunque se niegue a decir ni una sola verdad sobre su fetiche con los puentes colgantes, o las alucinaciones que tiene con los puentes levadizos. No piensa dar prenda ni puentes sobre esa mística banalidad de criar mares.
Y este libro también es un mar, no de sombras, aunque las escriba, sino oceánico, un trasatlántico entre su ventana y la mía, entre su pantalla y la mía. Un mar de hojas. Esas hojas de puente (y omito la coma) esas palabras de acero tecnológico, marca Marinetti; esa hojas donde las balas apuntan a Trotsky, Obama, Kennedy, o al Quijote indistintamente, donde las monjas se masturban y el infierno es no ser biodegradable en medio de una guerra o de la moda, porque estas hojas se tatúan los pechos en 3D. Estas hojas se muestran ilegales, pero siempre hay monedas que compran poemas vetados por la ONU.

¿Qué paso Papá?
¿El nuevo orden mundial
no va?
Entonces, papá,
¿cuándo vamos a matar
a todos esos pobres?

Alguien limpia su fusil en la cocina ¿Con qué valor hablar del más allá? El eco de la voz de Vallejo se descubre siempre presente como un relámpago y su incomprensión del mundo -o su comprensión- retuerce las hojas de su selva personal. Tu bosquedad, Luis. Si Dante levantara la cabeza hablaría contigo de Beatriz, te guiaría por medio de sus montañas construidas a mano y a través de aquellas rosas que no saben de sus pétalos. Seguramente te diría que una vez muerto Bukowsky y todos sus seguidores seguiremos con la uña del dedo gordo metida en el coño, que cada sílaba, verso, estrofa, poema, cada hoja de este libro joven será un árbol de esos que alguien busca para desaparecer, aunque sea brevemente, al cobijo de su sombra, después de cometer su propio asesinato.

Sevilla, 07 de Agosto de 2011