Epílogo [en coma,]

“[…] porque somos cuerpos, somos sobre todo, principal y casi únicamente, cuerpos, y el estado de nuestros cuerpos es la verdadera explicación de la mayoría de nuestras concepciones intelectuales y morales.”. Daniel 1, 15.
La posibilidad de una isla. Página 196 (Ed. Alfaguara – 2005). Michel Houellebecq.

“[…] yo sé que os habéis posado
sobre el juguete encantado,
sobre el librote cerrado,
sobre la carta de amor,
sobre los párpados yertos
de los muertos.” 

Las moscas. Soledades, 1903-1907. Antonio Machado.

“Yo oí el zumbido de una mosca mientras moría;
La calma de la sala
era como el sosiego del aire
entre el jadeo de la borrasca.”
Emilie Dickinson

“[…] al fin y al cabo hay ciertos límites, por mucho que todos tengamos cierta capacidad de resistencia, todos terminamos por morir de amor, o más bien de falta de amor; en cualquier caso, es mortal de necesidad.”. Daniel 1, 12. 
La posiblidad de una isla. Página 158 (Ed. Alfaguara – 2005). Michel Houellebecq.


 

El coma es un estado
en el que no se emiten palabras,
no se obedecen órdenes,
no se fija la mirada, y
uno no se defiende del dolor:

Un cuerpo, la habitación. Esta mosca prosaica que interviene, que cruza de parte a parte este blanco de hospital. Esta página. La cama metálica. Las sábanas hipoalergénicas. El respirador artificial. El gotero que mantiene en pie la química que canaliza las constantes vitales. El monitor que traduce en la pantalla los subtítulos que diagnostican su existencia, que es la tuya en el umbral. Has llegado cuando marcan los horarios de visita, porque el tiempo narrativo tiene sus esquinas dobladas, su manera de acudir, su accidente inevitable: su estado es delicado, contienes sin saberlo la respiración y no entiendes la ausencia presente. Las enfermeras apenas se atreven a tocarlo con ese margen, tan profesional, de no precipitar los finales. Aún así huele. Parece limpio. Tienes miedo de hacer ruido y te molesta el poder que me adjudica la tradición sanitaria. Finalmente, me poso en uno de sus párpados, como dijo Machado; me poso sobre el verso cerrado, como una letra muerta. Otro signo solo. Te acercas. Yo presiento tus ganas de aplastarme. Sigilosa. Apenas unos milisegundos me bastan, me anticipo; pongo mis patas en la posición adecuada y esquivo tu mano -tu gesto instintivo- por una fracción de segundo. Y crees que me espantas.

Mi vuelo de escape
deja en la habitación esa rúbrica mitológica,
el zumbido aquel del poema
de Emilie Dickinson,
ese vuelo que en un contado alejandrino
oyó mientras moría;
deja esta pausa que os separa
al final de cada verso,
donde ya no podemos veros
y sentir está completa y literalmente
fuera de lugar;
deja una imagen
porque esta página será siempre
un mapa de silencios señalados
y ya es tarde,
ya es tarde, según todos los pronósticos,
para que salgáis de aquí cogidos de la mano.

Y deja, por último, en su piel
tus labios:
este leve tacto de beso,
                                    un roce,
-que quede,
                                    un eco,
al menos,
el carmín
                                    vacío

[en el que no se emiten palabras,
no se obedecen órdenes,
no se fija la mirada, y
uno no se defiende del dolor.]

la tinta
hasta el final-.