Bares son lugares

Sí, se acabó. Cuando algo se acaba nunca sabemos si es para siempre, pero sí sabemos que ya nunca será igual. Las cicatrices suelen ser un buen mapa para no perderse. El 30 de junio cerrará una nueva librería. Una librería pequeña que nació en el 2010, con la que estaba cayendo. Ya me puedo imaginar esos días previos, los libros a saldo, las estanterías medio llenas… Aún no quieren ver lo que se avecina, aún es capaz de palpar el pulso a los lectores asiduos que se pasan a compartir el desahucio del fracaso, o lo que alguno pensará como un fracaso. Escritores que se han fotografiado con sus libros y contigo, librero, que les has dado apoyo y atención, difusión y discusión. Puedo imaginarlo todo. El ruido de la losa vacía, las estanterías desmanteladas, el olor a otra vida. Las cajas de cartón con presunción de mudanza. Apiladas. Yo las miraría de nuevo por última vez, así, con una mezcla de pena y pose peliculera. Sonarían las luces al apagarse. Sonarían las llaves. Sonaría la puerta. Chirriaría la cancela y aquí no habría pasado nada.

Cuando algo se acaba no pasa casi nada. Esta es la verdad. La vida se reajusta y se reinicia, con otros sentidos y nuevas direcciones. El 30 de junio cerrará una nueva librería, y podría ser la mía.

Amigas, amigos, familia: Pequod Llibres cierra sus puertas. Los cuatro años al timón de esta nave fantástica han terminado en un agotamiento considerable que nos obliga, a barco y patrón, a poner proa al puerto más cercano. […]

Posted by Pequod Llibres on Miércoles, 27 de mayo de 2015

Esta librería bien podría ser la tuya, o la nuestra. Sea cual sea la causa, es un hecho que las pequeñas librerías no parecen resistir, por regla general, más de dos años, al menos eso dictan las estadísticas. No voy a negar aquí la mayor. Tampoco quiero mojar más papel con lo que vendría a ser mi propia sentimentalidad al respecto. A veces, toca apagar las luces, buscar las llaves, cerrar la puerta y hacer chirriar la cancela hacia abajo. Y sentarse en el bar. Escribir desde el otro lado de la barrera.

Y aquí estoy. Estamos, apoyados en la barra del bar. Tú y yo tan solos ya en la noche, parafraseando a aquel. Una tapa, un vaso fresco de cerveza, la parroquia a sus cosas y nosotros hablando de fútbol y anécdotas varias, de lo mucho que no echamos en falta estas conversaciones, desvariar por abrir la válvula de escape. Estamos haciendo tiempo. Hoy hace una lectura de poemas Álvaro García. Nadie en el bar lo conoce, salvo yo, podría asegurar. No se prodiga mucho en la vida literaria, publica un libro de vez en cuando y trabaja de lo que puede para comer. De vez en cuando traduce para alguna editorial y colabora en alguna revista. No más. Cuando se acerque la hora de la lectura seguramente aparezcan algunos de sus incondicionales. Amigos, dos poetas de su círculo y algún primo que lo estima hasta la pena. Puede que también acuda algún despistado que se enteró por alguno de los medios digitales que frecuenta. Yo lo conozco personalmente, es un tipo corriente, aunque él no lo sabe. Ha venido mucho a la librería, dos calles más allá de este bar. Ha venido mucho a preguntar por sus libros. Pregunta si me resulta difícil encontrarlos, si se venden. También se queja. Echa pestes de su editor cuando no está delante. También se queja cuando tardo en tener su última creación. Se queja de que sus libros no están en todas las librerías, “al menos en las de referencia”. Él, que es un tipo corriente con algunos premios literarios, no entiende cierta cosas. Acaba de llegar y se pide una birra “para aclarase las ideas” y echa un vistazo a la parroquia mientras echa mano de su smartphone para fotografiar y compartir su púlpito y a su público. Ese público que lo conoce en el barrio y que aún no ha llegado. Vendrán pocos y él lo sabe, pero siempre hay ruido de fondo en el bar que amortiguará su pequeña soledad de buen poeta, porque lo es. Intercambiamos bromas y clichés, apuro la cerveza y necesito la segunda. Esto empieza, qué os voy a contar que no sepáis ya. Blablabla blabla bla bla. Bar.

De vez en cuando cazo un verso, “… paredes como tu espalda sin adornos, ausente”, y vuelvo sobre mis pasos, a ese posible 30 de junio, a esas paredes ausentes que podrían, que están a dos calles de esta barra de bar, de este decorado de la literatura fracasada, porque asúmelo ya de una vez, tu reino no es de este mundo. Si tu reino fuera de este mundo, tus amantes habrían luchado para que no cayera en manos del vacío. Pero no, tu reino no es de aquí. Entonces Álvaro me saca de mis “barbuceos” y me dice: Así que ¿has cerrado antes?

 

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